Opinión
Comer también es cultura
(Cubrimiento en la Feria del libro 2007)
El problema del área de restaurantes es algo que por lo general demuestra incomodidad en grandes sitios. Nunca se sirve bien; los espacios suelen ser reducidos, y el factor 'mesero' tiende a desaparecer. Éste es un problema de esos que se esconden porque no generan la crítica suficiente en las personas, pero sí es un inconveniente que no se puede escapar al menos de estos párrafos.
Se tiene que ser muy quisquilloso, muy crítico y muy jodido para no dejar escapar los detalles irrelevantes de una feria exposición, pero es que una vez más en esta oportunidad en la XX Feria Internacional del Libro 2007, la hora del almuerzo fue una parte que incomodó a muchas personas; la plazoleta de comidas con mesas insuficientes, espacio estrecho y poco ameno, obligó a las personas a volver a las entrañas del suelo a probar bocado, y para recorrer diecinueve pabellones la barriga tiene que estar llena, y no solo eso, el momento del almuerzo debe ser un espacio agradable y sereno.
Es que aquí en Colombia estamos heredando la cultura gastronómica de nuestros queridos estadounidenses. El servicio a la mesa está desapareciendo en lugares como centros comerciales, parques y ferias, y se está sometiendo a que la comida sea ingerida de forma rápida, sin respiración, sin meditación y sin tranquilidad, y mucho más para una feria del libro donde es necesario tomar por lo menos una hora para descansar, comentar lo visto, quedarse callado. Además, nos encontramos con otro tipo de incomodidades tales como no encontrar mesa, andar pendiente del pedido que está a 30 mts. de distancia, que ya con la bandeja en la mano haya un tropezón con gente en el trayecto a la mesa, que a la meta final se llegue con el ajiaco a la mitad, y tener que acompañar el medio almuerzo con gente desconocida.
No imagino a esos intelectuales queriendo ir a almorzar y encontrarse con otro problema: la variedad de platos. Es muy incómodo encontrarse con perros, hamburguesas, pechuga a la plancha, sancocho, pasta y que de ahí no pase. Es lo que siempre se ve en todas partes. ¿Cómo celebraron nuestra mención a la capital mundial del libro?, ¿con raviolis? La comida en mi opinión no es algo que sirve para llenar la barriga y continuar el recorrido, como si uno fuera ganado, ni mucho menos comerse los mismos platos de siempre para colmo de males sentados en el piso. ¿Acaso hay miedo de invertir plata en algo que parece irrelevante?.
De ahí parte otra vertiente, que deriva de la digestión del almuerzo: es el postre o el dulcecito después del almuerzo; esos antojos que dan muchas veces porque sí. ¿De cuándo a acá unas crispetas con colorante a medias cuestan 4.500 pesos?, o las obleas de 2.800?. Esto es algo que no cabe en la concepción de una persona jodida como yo y como muchas pocas. Sería entendible que fuera un parque de diversiones, pero, ¿por qué esa maña de aprovecharse del consumidor en una feria del libro donde se promueve la cultura?. Un buen comer a precios decentes, promovería de una u otra manera la iniciativa y las energías de disfrutar las novedades en cuanto a libros se refiere. Analícelo bien y verá que no es algo irrelevante.
Una vez más, no hago parte del conformismo a ser obligada a sentarme en el piso a almorzar en una feria del libro, donde se supone que ese tipo de servicios alimenticios debería tener mejor nivel. Tanta opinión sólo deja ganas de mandar una carta a quejarse en vez de continuar expresando mi punto de vista en este magazín en algo de lo que usted debe estar sonriendo con pesar, o como si fuera un chiste. Yo mando la carta y después les cuento.
Comer también es cultura
(Cubrimiento en la Feria del libro 2007)
El problema del área de restaurantes es algo que por lo general demuestra incomodidad en grandes sitios. Nunca se sirve bien; los espacios suelen ser reducidos, y el factor 'mesero' tiende a desaparecer. Éste es un problema de esos que se esconden porque no generan la crítica suficiente en las personas, pero sí es un inconveniente que no se puede escapar al menos de estos párrafos.
Se tiene que ser muy quisquilloso, muy crítico y muy jodido para no dejar escapar los detalles irrelevantes de una feria exposición, pero es que una vez más en esta oportunidad en la XX Feria Internacional del Libro 2007, la hora del almuerzo fue una parte que incomodó a muchas personas; la plazoleta de comidas con mesas insuficientes, espacio estrecho y poco ameno, obligó a las personas a volver a las entrañas del suelo a probar bocado, y para recorrer diecinueve pabellones la barriga tiene que estar llena, y no solo eso, el momento del almuerzo debe ser un espacio agradable y sereno.
Es que aquí en Colombia estamos heredando la cultura gastronómica de nuestros queridos estadounidenses. El servicio a la mesa está desapareciendo en lugares como centros comerciales, parques y ferias, y se está sometiendo a que la comida sea ingerida de forma rápida, sin respiración, sin meditación y sin tranquilidad, y mucho más para una feria del libro donde es necesario tomar por lo menos una hora para descansar, comentar lo visto, quedarse callado. Además, nos encontramos con otro tipo de incomodidades tales como no encontrar mesa, andar pendiente del pedido que está a 30 mts. de distancia, que ya con la bandeja en la mano haya un tropezón con gente en el trayecto a la mesa, que a la meta final se llegue con el ajiaco a la mitad, y tener que acompañar el medio almuerzo con gente desconocida.
No imagino a esos intelectuales queriendo ir a almorzar y encontrarse con otro problema: la variedad de platos. Es muy incómodo encontrarse con perros, hamburguesas, pechuga a la plancha, sancocho, pasta y que de ahí no pase. Es lo que siempre se ve en todas partes. ¿Cómo celebraron nuestra mención a la capital mundial del libro?, ¿con raviolis? La comida en mi opinión no es algo que sirve para llenar la barriga y continuar el recorrido, como si uno fuera ganado, ni mucho menos comerse los mismos platos de siempre para colmo de males sentados en el piso. ¿Acaso hay miedo de invertir plata en algo que parece irrelevante?.
De ahí parte otra vertiente, que deriva de la digestión del almuerzo: es el postre o el dulcecito después del almuerzo; esos antojos que dan muchas veces porque sí. ¿De cuándo a acá unas crispetas con colorante a medias cuestan 4.500 pesos?, o las obleas de 2.800?. Esto es algo que no cabe en la concepción de una persona jodida como yo y como muchas pocas. Sería entendible que fuera un parque de diversiones, pero, ¿por qué esa maña de aprovecharse del consumidor en una feria del libro donde se promueve la cultura?. Un buen comer a precios decentes, promovería de una u otra manera la iniciativa y las energías de disfrutar las novedades en cuanto a libros se refiere. Analícelo bien y verá que no es algo irrelevante.
Una vez más, no hago parte del conformismo a ser obligada a sentarme en el piso a almorzar en una feria del libro, donde se supone que ese tipo de servicios alimenticios debería tener mejor nivel. Tanta opinión sólo deja ganas de mandar una carta a quejarse en vez de continuar expresando mi punto de vista en este magazín en algo de lo que usted debe estar sonriendo con pesar, o como si fuera un chiste. Yo mando la carta y después les cuento.

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