lunes, 14 de mayo de 2007

Crónica
Aquí huele a juventud

(Cubrimiento en la Feria del Libro 20)



El ambiente un día entre semana en una feria del libro es algo excepcional si se acude con intenciones de aprender y apreciar cosas que no son libros exactamente. Si se quiere hacer un recorrido con una mirada distinta, se encuentra que una feria del libro es más de lo que promocionan en radio y en televisión.

El lunes 23 de abril en la XX Feria Internacional del Libro, los pabellones parecían todavía guardar el frío de la madrugada. El asfalto aún no poseía ningún rastro de basura particular de feria, (folletos, empaques de crispetas), y por sus alrededores no caminaba mucha gente; distinto es si fuera un fin de semana. Me abstengo de imaginarmelo porque el solo intento me produce mareo.

Caminando a las 10 am, iba carneando mi propósito; mientras pasaba por el frente del pabellón 3 miraba de lejos el cubículo de la Panamericana, y de inmediato pensé que no era eso lo que quería vivir en esa feria, quizá mi presencia allí merecía apreciar otros trabajos tal vez de gente joven con deseos de exponer sus ideologías por medio de sus academias.
Eran las 10:23 am, y me sentía como japonés en un país completamente ajeno, con los ojos bien abiertos y con cara de susto. Divisaba pabellones inmensos con temas interesantes, otros ni tanto, hasta que dí con el que estaba buscando. No recuerdo el número pero habría de ser el 11, 12 o el 13.., ubicado en un costado donde se encuentran esos pabellones en hileras; púberes y dedicados más que todo a los jóvenes.

El ambiente era rico en colores y exquisito en contenido. Cuando entré lo primero que divisé fue el cubículo de la Academia de Artes Guerrero y recordé al instante el día en que sufrí una crisis de depresión que estuvo a punto de ser la culpable de hacerme retirar de la universidad para entrar en aquella academia. De inmediato sentí el olor del arte, los recuerdos de una infancia en la que enfermaba dibujando, mañana, día y noche. Ahí me encontraba yo observando cada cubículo, apreciando los trabajos, mirando a la cara a los artistas: desgreñados, risueños, retraídos; y enfocándome en esa cosa curiosa que me atrapó de sus trabajos que involucraba nada más y nada menos que crónicas o escritos mezclados con pintura. Eran cartillas, folletos, que narraban historias urbanas de la realidad, o por el contrario historias ficticias con elementos de la realidad con personajes supra naturales o con personajes tan normales como usted o como yo. Me animaba saber que se podía decir que se mezclaba periodismo con arte de una u otra manera. Entre esos libritos se encontraba uno en particular, el cual no dude en sacar plata del bolsillo para llevármelo, se trataba de un cómic llamado Revólver 'cómics' 'historias cortas para un futuro corto' 'Fanzine de historietas con ánimo de lucro' la cual abría con un argumento de Andrés Caicedo, extraño y triste de leer. Por otro lado se encontraban calcomanías creadas por artistas que evocaban la cultura popular dándole un toque de sarcasmo: 'Ponga la foto de su ser amado aquí'.
Haciendo un análisis general la mitad del pabellón exponía trabajos con un sentido social algo comunista. Por doquier podía observar caricaturas de Álvaro Uribe con representaciones fascistas. Nuestro ídolo, Pablo Escobar ocupaba el lugar merecido en todos los cutículas con emblemas como 'love your idols'.Yque decir de los caricaturistas que aterrorizaban con su habilidad para retratar igual, cada poro del rostro de las personas. Se encontraban también cubículos engañosos, los cuales los artistas prometían retratar a las personas poniendoles cuerpo y vestuario de adas, caballeros, etc. Y cuando te entregaban el trabajo, podías ver que todo fue hecho con una buena experiencia, menos la cara. Pero cuando una amiga les reclamo porque ella no quedo parecida, la respuesta fue una sonrisa maliciosa y sin palabra alguna continuaron sus quehaceres con esa maldita y fascinante actitud del artista la cuál expresa que nadie debe ni nadie puede perturbar su mundo ni pedir explicaciones.

Como también había espacio para la denuncia; un cubículo de la ADA Asociación Defensora de Animales promocionaba sus fieles intenciones en pro del respeto hacia los animales. Con folletos tiernos y tristes, con botones aún más tiernos, y con vídeos aterradores y desagradables, el cubículo pretendía recoger el mayor numero de datos de personas, para que cada día la justicia tenga las garras para denunciar los atropellos. Se me quedo una discusión de mas con el representante, un muchacho diseñador gráfico que por su aspecto, sobraba preguntarle si era vegetariano, sobre el por qué de considerarse crimen el matar a un animal para alimentarse, pero decidí no ahondar.

Cuando me disponía a salir, todo me dejaba claro que habían intenciones de crear conciencia social con temas políticos, con mofas hacia la sociedad y con gritos de libertad y de esperanza. Miré por última vez el cubículo de la Academia de Artes Guerrero y sentí nostalgia, miedo de que los mismos medios de comunicación en un futuro me consuman con sus propósitos superfluos de los que probablemente seré presa, todo por el dinero, por vivir bien, y así olvidarme de mi otro espacio, que es el arte. Siempre que ando sola por un lugar así se corre el riesgo que empiece a hablar con el corazón de cosas trágicas que yo misma invento. No se hasta que punto la sensibilidad es buena. Quizá si hubiera seguido pintando de la forma obsesiva como lo hacía antes, tal vez en estos momentos sería una corresponsal de la melancolía traída al mundo para predicar existencialismo entre tubos de acuarela o mugre de carboncillo.
Salí. El sol de las 11:15 am me esperaba, y con mi habitual despiste camine rápido a preguntar el nombre del pabellón: Pabellón de la caricatura y el Diseño gráfico.

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