Por: Marcela Ortiz Escobar
Eran las 4:20 de la tarde cuando en el barrio la Candelaria la lluvia hacía que los pies se resbalaran sin piedad, y las casas indefensas, pequeñas y viejas parecían gritar por su lucha sobrenatural contra la lluvia. Hasta los alcantarillados sufrían problemas de taponamiento, pero ese caso no solo es propio de la Candelaria como ya se sabe.
Las tiendas, las panaderías, las zapaterías no sufrieron ningún percance por el invierto, al menos eso observamos e indagamos en nuestro corto recorrido. Pero gracias a la información de un habitante del barrio, nos ubicamos para golpear a la puerta de las casas que más sufren con la lluvia. Una en particular nos llamó la atención, su fachada era demacrada, vieja y su entrada no era un suelo cubierto desde hace mucho tiempo por el agua, acompañada de papeles de chitos, papas, y una caja de Néctar azul.
Amablemente, tras tocar la puerta una vez, un joven con una agradable voz y sonriendo nos recibió preguntándonos que qué se nos ofrecía; nos dejo entrar y sin mas preámbulos tras la pregunta que le hicimos, de que si el invierno había inundado su hogar, nos contestó ‘aquí el agua no se mete’, y sorprendidamente pude divisar que se encontraba una muchacha en el cuarto, seca tranquila, arrullando a su bebé, por supuesto que allí el agua no se había metido.
Enseguida nos dio un pequeño recorrido por su casa la cual era de un área un poco incierta: potrero, con residuos de plástico, al frente una especie de bodega donde reposaban muebles viejos, mientras que Raúl Castillo enérgicamente nos señalaba las casas que en verdad si sufrían los estragos del invierto.
La casa del frente era una casa pequeña, con techos de toda clase y ladrillos en su soporte, de color pastel adornado por la nostalgia de una anciana que no nos pudo oír porque era de mucha edad y sus oídos no nos escuchaban, ni a nosotros ni a la lluvia tal vez. Raúl nos dijo que perderíamos el tiempo tratar de seguir llamándola.
Con amabilidad me despedí ayudada por su mano que me levantaba de las piedras que simulaban una escalera y sorprendida llegue a la conclusión de que a lo mejor el techo, la ubicación en declive de la vivienda o los canales de agua en la calle tal vez amparaban esta casa que no sufre por el agua. Se sabe que en Bogotá el Índice de casas que se ven afectadas por la lluvia es de un porcentaje considerable. Pero en un abrir y cerrar de ojos encontramos una casa desbaratada que logra hacer la excepción.

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