jueves, 22 de marzo de 2007

Recorrido de miedo


Recorrido de miedo (Fuente especial)

Buuu....


Con cara de pérdida como siempre, entré al museo del Banco de la República de Bogotá un lunes a las 11:00 am, para conocer personalmente un curioso prospecto del miedo hecho en arte. Blanco, pulcro y acogedor como siempre, el museo no advertía en sus pasillos la presencia de la exposición. Con extrañeza me preguntaba si estaba equivocada de museo o si ya se había acabado la exposición. Seguí buscando como si fuera una extranjera que a parte de todo no sabía hablar el idioma, y al llegar al tercer piso di con una sala no muy grande y oscura. Me dije a mi misma que aquí estaban remodelando algo, o que estaba cerrada y que mejor me devolvía, pero el anuncio de Fantasmagórica se encontraba en la pared de afuera de la sala, con una sinopsis de la exposición y los 13 autores responsables de la oscuridad que me miraba desde adentro.
Un señor de aspecto antropólogo se dirigió a leer la sinopsis, y una de las guías en esos momentos salió de la sala y le dijo algo al hombre; no escuche qué, pero mi paranoia me hacia suponer que le decía que lo sentía pero que estaba cerrada la sala en esos momentos. Pero mi intuición me decía que la exposición estaba abierta. Sin pensar más las cosas como niña de primaria tímida, entre con pasos lentos y curiosos, y lo primero que vi , en la oscuridad fue en papel crepé blanco un desolado fantasmita impulsado por una cámara miniatura de aire con una luz de fuego en su interior que daban un ambiente de arte infantil, pero de desolación y temor puro. La sala, oscura y estilizadamente pulcra, dejaba sonar ecos de quien sabe donde, que me hacían parpadear lentamente y con ansias, ya que mi afición por lo paranormal, la muerte, y las artes ocultas iba más allá de todo. Después de apreciar la obra, miré para todas partes sin saber a donde dirigirme, pues mi ubicación y el orden para hacer las cosas no están en mi carta de presentación; pero una pantallita , algo así como un televisorcito plasma del tamaño de un cuadrito, de esos que las mamás suelen poner en el pedazo de pared que queda al lado de la puerta de la casa; me invito a mirar la línea del destino: unas manos juntadas que poseían agua, dejando ver el reflejo de la cara de la persona; así en el calor de los segundos que pasaban, el agua seguía, no se iba y el reflejo de el rostro seguía fijo, mirándome; trabajo de Oscar Muñoz ‘La línea del destino’. Si que me sentía tremendamente seducida, pero en esos momentos sentía la fastidiosa curiosidad de saber que había en el cuarto de al lado del fantasmita que estaba completemanete oscuro, pero los vigilantes me intimidaban, además sabia que era probable que yo les causara gracia, por mi cara de susto, (acaso no es el propósito de la exposición?. No, el propósito es apreciar el miedo como un arte más), pero no es mi culpa, ni siquiera duermo sola, ya se puede comprender. Me dirigí al cuarto, como pude adivinar un vigilante amablemente me dijo que siguiera, que tranquila; seguí con cara de vergüenza, y sí, el contenido del cuarto me hizo sonreír, porque era un trabajo artístico de admirar a pesar de su simplicidad. ¿Como alguien podía expresar el miedo, mediante un juego de sombras producidas por unos bombillos en hileras, que se prendían a medida que uno avanzaba?. En esos momentos me conmovió una vez más el poder de lo siniestro mezclado con el elitismo de un arte sutil y oscura, y le agradecí a Rafael Lozano Hemmer por los efectos que produjo en mí su talento. Salí satisfecha y me dirigí para no sabía donde. Me embarque en una plataforma de madera, a los lados se encontraban unos candelabros largos de unos 1.85 metros de largo, negros y de su boca dejaban salir un humo silencioso e intimidante; mirándolos con atención pude ver que entre el humo se asomaban unos rostros abstractos, podían ser viejos, mujeres jóvenes, no lo se. Obra perteneciente a Michael Delacroix. El siguiente paso era dirigirse a un ruido que desde hace rato estaba entrandome por las entrañas, seguí sus llamados y me encontré en un cuarto de unos dos metros de ancho y unos 7 de largo y en su límite se encontraba una proyección de una autopista que estaba viviendo un caos, una nube negra, como una avalancha estaba corriendo llevándose todo a su paso, los carros la gente. Comprendí que yo también hacía parte del show y empecé a dirigirme a la pantalla; el efecto que producía era suavemente aterrador; sentía caminar hacia la nube de la manera más realista que haya experimentado ya que mi estómago se altero y me logre marear un poco. Sí, sentí la muerte al frente mío, en cualquier momento yo iba a ser el almuerzo de esa nube. Me divertí, caminé unas tres veces, (no más de tres porque de resto estaría manchando el modo de apreciar el arte). Salí y la placa me mostraba que era el trabajo de Laurent Grasso. En esos momentos me gustaba sentir ese frío, y ese olor a pintura seca, a arte, era como estar en mi segundo hogar. Me senté en un sillón de cuero para ver una proyección de video en un televisor plasma de un tamaño normal, 12 pulgadas, donde había una actuación de muñecos de papel, pero estos eran representados como sombras los cuales mostraban situaciones sociales actuales, como la guerra, y la violencia en un día cualquiera. La trama corría como si se estuviese en un tren. Y la música, era una música como de circo mezclada con llantos, con xilófonos, cantos de señores viejos en un idioma que no sabía si existía. La proyección duro 12 minutos, o mejor dicho las historias porque no terminaba, era como un circulo que seguía y seguía; trabajo de William Kentridge. Al ponerme de pie me despisto una enorme mancha negra en el suelo que se prolongaba hasta la pared; como una tinta que se amoldaba a la sombra de un hombre leyendo un libro, pero el libro era real, un relieve gracioso pero ausente, que parecía querer hablarme del libro o si bien dándome a entender que era suficiente, que me marchara. Si que funcionan los efectos visuales en ciertas almas soñadoras, vulnerables y fantasiosas como la mía. En esos instantes supe que la soledad y la ausencia era la explicación más certera de esta obra. A veces parecemos almas muertas leyendo un libro, perdiéndonos en él hasta encontrar una salida falsa, la de acabar el libro, cerrarlo y volver a ser almas muertas. Me dirigí hacia otro televisor de plasma el cuál mostraba en video normal la entrada de una importante biblioteca quizá en Europa, pero los transeúntes no eran personas del común, eran fantasmas que caminaban como una rutina de humanos; el efecto consistía en borrar a las personas y sobre estas dejar rastros de su silueta muy mínimos que asimilaran sombras no negras sino como sombras de agua. Al voltear a mirar una puerta que creí era un baño, pensé a la vez, que, ¿qué diablos hace un baño dentro de una sala de exhibición?. Me dirigí a la puerta intentando abrirla más de lo que minimamente estaba pero estaba estática, comprendí entonces que se trataba de otra sorpresa. Mire en su interior y solo había una pared blanca, pero de repente una sombra de una muñeca se deslizo por la pared como si se tratara de agua, mire arriba por todos lados para averiguar que proyectaba esa sombra pero no logré identificarlo. La muñeca era una bailarina de esa muñecas viejas de tocador, y se deslizaba de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba con la lentitud más aterradora que pueda existir, pero a la vez con un aire artístico que no dejaba asustar. En esos momentos pensé lo divertido que habría sido ser pequeña en eso momentos ya que cuando se es niño se actúa como en algunos casos actúa un adulto que consume sustancias alucinógenas. ‘Muñeca, dispositivo mecánico’ de Christian Boltanski. Cuando decidí irme minutos después, pase por al frente de de 5 estantes de madera de 1.58 de alto los cuales tenían encima platos redondos de plata muy brillantes. La cuestión de ese trabajo era que no sabía en que consistía. Tímidamente los miraba de cerca pero no podía adivinar. Un vigilante me dijo que los soplara con aliento de la garganta. Soplé y una cara demacrada apareció entre el vapor de mi aliento diminuta y fugaz. Sin duda un trabajo creativo de magnitud por insignificante que parezca, pero nunca lo había visto antes, es más nada que había apreciado ahí lo había visto antes. Soplé en cada uno de los platos, y podía divisar caras de mujeres en expresiones que no lograba identificar porque se desvanecían como verdaderos fantasmas, y con una carga emocional salí rápidamente del sitio pensando en todos los alcances del arte pero lo más importante, admirando los recursos materiales usados para lograr trabajos sombríos.

Una vez más el arte contemporáneo se salió con la suya ofreciendo una alternativa que desde hacía rato muchos de nosotros estábamos eperando. Demosle las gracias a José Roca, director del museo del Banco de la República, quien hizo posible reunir a varios artistas de varios países para este montaje. ¿Quien no se cansaba de recorrer el museo de la donación Botero y ver la misma dama gorda al frente del lago, o la manzana con el gusanito al aire? Esta vez todos esos artistas responsables de Fantasmagórica ‘espectros de ausencia’, le brindaron estética al miedo, con enfoques que van desde lo festivo a lo irónico. Mi observación en este sitio fue como un pasaporte a la apreciación visual de un terror que no logra serlo completamente, porque el arte le da una pizca de suavidad y silencio, y deja que los espectadores juzguemos a nuestro ojo el significado de la oscuridad con olor a pintura y con color negro.

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